Siempre alguno que sale de la clase anterior rogando porque haya un lugar vacío en la siguiente, al que le dé el sol durante una mañana de invierno, para no tener que sufrir, como harán tantos otros con la misma idea pero que encuentran todos los lugares ocupados, la temperatura que se presenta en números negativos. Y se oye su queja por lo bajo, debe caminar como el resto de su grupo de clases, por dos pares de metros al aire libre para cambiar de edificio y llegar a destino.
El despreocupado que, o muy irresponsable o demasiado confiado, se toma su tiempo hasta llegar al aula que se encuentra en el otro pabellón. Especula con que el profesor va a llegar bastante más tarde que él y, en caso de que se equivoque, poco le importa. Mejor es quemar los valiosos minutos con el diario grupo de amigos, hablando durante horas de la moneda de un centavo que encontró en la vereda el día anterior.
Aquellas que cumplen el papel de chusmas y chismosas, encuentran temprano en el aula o, en su defecto, en el baño de mujeres, un lugar supuestamente ameno y privado para conversar sobre los múltiples chicos a los cuales les echaron el ojo; sobre el mal gusto para vestir que tiene X chica que vieron pasar segundos antes; sobre la ropa de marca que salieron a comprar esa misma mañana (no sea cosa de que pase de moda) y por qué no, presumirla; o simplemente complotar en su cerrado grupo, contra alguna otra persona, después de todo... a costa de alguien hay que divertirse.
El mujeriego que asiste a la universidad con el fin de encontrar una chica a su parecer hermosa, y que poco le importa si está falta de neuronas, para pasarla bien una noche. Tan desesperado que incluso busca en sus más cercanas amigas una oportunidad y se les insinúa muy indiscretamente. Lo acusarían de ser un acosador, pero sus muy fieles amigas son también condescendientes o ceden a sus innegables encantos. A cambio consiguen una nula fidelidad.
La escasa estirpe de los aplicados, a quienes la mayor parte del tiempo se los verá tragando, ya sea en la cafetería o en algún lugar apartado del bullicio en el aula, textos de extensiones que a otros asquearían. Esos a quienes una nota por debajo de la máxima o cercana a ella, les resulta una fuerte patada en el orgullo. Sus mentes no conciben ver un número siete estampado en su examen de diez carillas de longitud. No pasaron horas, días, semanas con su parte trasera pegada a la silla para sacar una calificación tan baja.
El o la perteneciente a la tribu urbana de moda, que la presenta como una filosofía de vida sin justificación ni ideología; pero, claro, basta con usar ropa de acuerdo a ese estilo para ser parte de este grupo. Que dicen ser diferentes a los demás (sin embargo resulta que el 75% de la población adolescente hace lo mismo que ellos) y estar en contra de todos los que les imponen obligaciones y ubican frente a ellos un muro de grueso vidrio que los separa de la madurez. Cabe aclarar que poco hacen con su vida universitaria, el estudio no es el mejor amigo que tienen.
Los de término medio, que se preocupan lo suficiente por conseguir notas aprobatorias y que al mismo tiempo no dedican su vida puramente a estudiar. Que tienen la inteligencia de mantener la responsabilidad y, por tanto, su libertad. Aquellos cuyos amigos son una élite, sin que esto signifique discriminar al resto, con los que tienen vínculos muy estrechos sobre todo de confianza. Personas que pueden ser tan cálidas y llegadoras como frías e hirientes, dependiendo de cómo se las trate, a las que se las ve caminando tranquilamente por los pasillos hacia la siguiente clase.
La que va simplemente a cumplir horario, con un cuaderno en blanco sobre la tabla de su asiento, que mira hacia el techo, la pared, luego sus uñas y no se digna a sacar un bolígrafo para tomar apuntes, todo mientras el profesor camina de un lado al otro del aula explicando algún intrincado tema nuevo.
Por último, la que se da a entender como una persona tan mononeurónica como distraída. Llega tres cuartos de hora tarde a clase, busca un lugar vacío a un lado de una pobre víctima y hace un ruido infernal en medio de la explicación, intentando acomodarse en el asiento. Otros cinco minutos más de ruido hasta que acaba de sacar todos los materiales que requiere para tomar nota. En lugar de basar sus escritos en las palabras de la sabia figura al frente del salón, se abalanza sobre la hoja de la persona más cercana que tiene sin pedir permiso, inconscientemente incomodándola y haciéndola hartar, riéndose tontamente de una acotación dicha al aire por alguien más, que solo a ella le pareció graciosa.
Una desgracia que el papel de la pobre víctima haya sido mío.
29 de mayo de 2008
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